La justicia en México: toda una novela – Heberardo con H

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Llegó a mis manos “una novela criminal” de Jorge Volpi en el mejor momento, como las cosas buenas que llegan para quedarse en tu vida que me permitió observar desde sus páginas el enorme aparato del sistema jurídico y político mexicano. Varios factores me envolvieron para no dejar de leer, primero, haber leído el libro que coordino Miguel Carbonell “Florence Cassez. El juicio del siglo”,[2] contando ya con los antecedentes del caso desde una perspectiva jurídica; segundo, la historia que motivó a su autor para escribir esta novela documentada, viajes, entrevistas; horas y horas de lectura de un expediente; años de esfuerzo para presentarnos 492 fabulosas páginas y, tercero, la coronación de su labor al ganar el Premio Alfaguara 2018 me entusiasmó que un escritor mexicano ganara ese reconocimiento.

Al concluir la novela admiré el profesionalismo y pulcritud de su escritura, y confieso que me quedé con un extraño sabor, nada dulce, en donde nos dibuja con claridad el sinuoso camino de la corrupción e impunidad al terminar de leerla; también me invitó a reflexionar sobre la carrera que he ejercido durante 20 años (abogacía), pero sobre todo con quien representa nuestras instituciones.

Me encontré con reseñas fabulosas de la obra, análisis y aportaciones nacionales e internacionales, en donde cada una aportaba diversas ópticas desde la historia misma, recorriendo con maestría los fracasos laborales, sentimentales de Israel Vallarta y Florence Cassez, pasando por las entrañas del poder, demostrando la debilidad de sus hombres e instituciones, palabras perfectamente acomodadas que hacían justicia al trabajo de investigación del autor.

Al concluir la novela de Jorge Volpi me dejó una adrenalina literaria que me permitió volver a leer la obra “El juicio del siglo”. Ahora las aportaciones jurídicas tenían rostro, historia, sangre, sufrimiento, angustia, no solo una realidad legal.

El libro publicado por el Centro de Estudios Carbonell me permitió conocer una fascinante introducción del tema por parte de su director, Miguel Carbonell, pasando por dos ejes fundamentales: el estudio que realizará Héctor De Mauleón “Florence Cassez: La verdad secuestrada” y que fue fundamental como parte de la estrategia para dar otra óptica a la opinión pública. “Lo leí sin pausas y sin tregua,2poniendo toda la atención en comprender lo que De Mauleón  iba narrando con magistral elocuencia, pero también (con el paso del tiempo y con un mejor conocimiento del expediente me fui dando cuenta) con una capacidad de síntesis”. Segundo, por la sentencia del entonces secretario de Estudio y Cuenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Javier Mijangos y González, que fue pieza fundamental en la historia jurídica de Cassez.

La estrategia era clara por parte de los abogados defensores de Florence Cassez, contrarrestar la sentencia que había dictado una sociedad mexicana a través del único “medio probatorio” que tenían: el montaje televiso. Miguel Carbonell, al terminar de leer el texto del subdirector de la revista Nexos Héctor De Mauleón, nos refiere: “…Me quedé con muchas dudas ¿cómo era posible que, con tantas contradicciones y ausencias de certeza, los jueces mexicanos se hubieran atrevido a condenar a Cassez a pasar varias décadas de su vida en la cárcel?”.

La combinación de la novela de Volpi con la obra jurídica de Carbonell fue enriquecedora, pero cuando pensaba que había dejado en el pasado a Israel Vallarta y a Florence Cassez, el destino (por llamarlo de alguna manera), se empeñó en que no abandonara ese giro literario y leí la novela de Gerardo Lavega “Justicia”, de la misma casa editorial Alfaguara.

Una novela, también fascinante, de ficción, todo lo contrario a la de Volpi que era no ficción, pero con una gran, gran similitud, obedeciendo ésto a la capacidad literaria y experiencia de su propio autor, Gerardo Laveaga, quien nos lleva de la mano en un recorrido íntimo y tenebroso de los caminos de la justicia en nuestro país, sus instituciones, sus hombres, sus mujeres, la situación de una época del México que pensábamos habíamos dejado en el pasado, pero que solo ha cambiado su forma, mas no su fondo.

Tal vez si hubiera leído en el año de su publicación el libro “Justicia” (2012) no hubiera tenido el mismo impacto como lo tiene ahora esta trilogía de grandes autores: Volpi, Carbonell y Laveaga son la justificación del título de este texto. Pero más allá de una delicia literaria, la trascendencia en sus resultados es importante en la vida cotidiana, de donde el debido proceso fue un antes y un después a raíz del caso de Florence Cassez.

Lo que provoca las páginas de una novela criminal lo podría resumir en la conclusión del artículo de Pedro Salmerón: “Tras leer el libro[3], no sé si Cassez es o no secuestradora (sí, de creer a las víctimas y les creo), pero sí veo que será casi imposible saberlo a ciencia cierta algún día”, así lo establece el historiador. Lo suscribimos muchos y nos deja con la gran preocupación que cualquiera de nosotros podemos ser las víctimas (que existen) o los acusados, con la misma confianza en las instituciones como la que tiene un menor al ser atacado por un perro salvaje.

La base de este texto la divido en dos partes: indiferencia ciudadana y sentencia prematura; procuración e impartición de justicia.

Indiferencia ciudadana y sentencia prematura

Confieso que antes del libro de Volpi y Carbonell, lo único que conocía del caso de Florence Cassez era: “mujer francesa, secuestradora, en la cárcel, liberada tiempo después”, literalmente. No sabía de la existencia de Israel Vallarta, no supe del montaje, con esta información era digno representante de un segmento de la población mexicana, tal vez, porque dejé de creer en los noticieros televisivos; una clara indiferencia a los temas nacionales por estar enfrascado en resolver una problemática local, ya sea laboral o familiar, entre otros temas subjetivos. En contraste otro sector de la ciudadanía que observó detalle a detalle de los acontecimientos del montaje del arresto a los secuestradores Israel Vallarta y Florence Cassez, en donde las dos principales televisoras se prestaron para realizar un montaje de un arresto que nunca sucedió como lo plasmaron, existiendo una obsesión vulgar por entretener un público que cada vez es conquistado por las redes sociales.

Con el montaje televiso la población juzgó y sentenció a quienes nos mostraron como la principal banda de secuestradores en México, el caso de la secuestradora francesa ya formaba un capítulo más en donde la justicia había hecho su labor.

La historia, ficción, que nos presenta el libro “Justicia” nos muestra una indiferencia ciudadana por algún sector de la población, así como otra de interés colectivo. Podemos observar un taxista maldiciendo el tráfico como principal causa de su escaso ingreso. Un académico que ingresa a las filas de una corporación como titular de la Procuraduría General de Justicia, como la oveja que le cuesta la vida perder su inocencia al caer la noche con una manada de lobos feroces. Una estudiante de derecho que sueña transformar este país a través del derecho. Una adolescente asesinada, un asesino que no es, pero que cambia su declaración. Una Suprema Corte de Justicia de la Nación que la mueve los intereses personales. Un Senador de la República que lo asfixia su propio poder.

 

Procuración e impartición de justicia

Jorge Volpi nos lleva capítulo a capítulo en un México que no ha avanzado, en donde el montaje televisivo fue fraguado desde los altos mandos del poder político en el país, como aquellas aberrantes decisiones que tomaba al calor de las copas y lujuria Alfonso “El Negro” Durazo en el sexenio de José López Portillo.

De torturas, mentiras, violaciones, mutilaciones está impregnada una novela criminal, llevando como cereza en el pastel los egos políticos de los titulares de dos grandes naciones como México y Francia, una diplomacia más simulada que el engaño televisivo entre los presidentes Felipe Calderón y Nicolás Sarkozy.

Entre todos los capítulos de esta desafortunada historia quiero destacar los episodios relativos a los ministros de la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en donde nos muestran de cuerpo completo las personalidades de sus cinco integrantes, teniendo como responsable de la elaboración del proyecto al ministro Arturo Záldivar Lelo de Larrea, quien en su propuesta determinó que existía, de manera innovadora, el efecto corruptor  en donde mencionaba una serie de violaciones a los derechos humanos que hacían imposible la retención en presión de la Florance Cassez.

El resultado del proyecto no alcanzó los votos necesarios para que se resolviera y en tal situación se turnó a otro ponente para la elaboración de uno nuevo, en donde correspondió a la ministra Olga Sánchez Cordero; dejaron pasar algunos meses para este proyecto y con ésto daba pauta a la jubilación de uno de los ministros integrantes, lo que permitirá tener una nueva versión de la votación con el entrante. Así tal cual sucedió y en una inusitada estrategia la ministra reviró su proyecto inicial para suscribir íntegramente el presentado meses anteriores por Záldivar. Sin duda vale la pena leer con detenimiento cómo nos muestra Jorge Volpi las sesiones de la Primera Sala de la Corte, y el resultado lo conocemos: la inmediata libertad de Florence Cassez.

A partir de la sentencia de la Corte entró en el lenguaje común del concepto del debido proceso como único instrumento para la persecución de los delitos, nos refiere Arturo Zaldívar en su artículo, lo que permitió la trascendencia de mejorar la procuración e impartición de la justicia, evidenciando la debilidad de sus instituciones.

“Calderón llegó a afirmar que el mayor error de su gobierno fue nombrarlo ministro, y para Záldivar (Arturo), la frase es uno de los mayores halagos de su carrera”. Con esta frase enmarcamos el verdadero significado de la presión del poder presidencial y la rectitud de uno de los integrantes del máximo tribunal en México, nos expone Volpi en su obra.

Por otro lado la novela de Gerardo Laveaga nos muestra una ficción nada alejada de la realidad: el asesinato de una adolescente en pleno informe del Jefe de la Ciudad de México, en medio de una multitud se consumó un homicidio sin que nadie se percatara de la situación. La indiferencia ciudadana envuelta en su problemática no permitió observar el cruel asesinato de una menor, a quien le torcieron el cuello y abandonaron su cuerpo con una nota, como si fuera una bolsa de basura en el boulevard.

¿El culpable? No importaba, resolver era la prioridad. ¿Quien fuera? Claro, tenían que dar solución a la exigencia inmediata y que “cayera todo el peso de la ley” privilegiando “el estado de derecho”, esas fueron las instrucciones del gobernador capitalino; así que daba lo mismo agarrar al primer sujeto que entrara al penal y seducirlo para que aceptara echarse la culpa de un homicidio que no cometió, pero el asesinato de Lucero Reyes tenía que ser una respuesta inmediato al electorado.

La mejor amiga de Lucero Reyes sabía que el culpable, que había seleccionado la Procuraduría, no era el asesino; sentía una angustia, y pavor por delatar al verdadero homicida, y estaba en juego no solo la amenaza natural de delatar a alguien; era más grande el problema, era la persona con la que había vivido toda su corta vida quien abusaba de ella durante los últimos años, su padre, de oficio taxista.

El papel de la Corte en la novela de Laveaga es protagónico. La seducción del poder político a través de uno de sus representantes populares en la Cámara Alta del Congreso de la Unión se ve obligado a dejar al verdadero asesino en libertad, pagando una afrenta política a través de presiones personales de la Procuraduría de Justicia capitalina.

La historia de la mejor amiga de Lucero Reyes toma un cause distinto a raíz de una decisión tomada en un escritorio que permitió un horroroso desenlace de toda una familia.

Es cierto lo que nos dice Miguel Carbonell: “Hay libros que nos cambian la vida, o, al menos nos cambian la forma de ver la vida”.

El poder de la literatura es mayúsculo, la ficción nos lleva a lugares inexistentes, a viajar en el tiempo, a predecir el futuro, así como nos enseñó el gran Julio Verne en sus obras; la imaginación debe ser más rápida que nuestra realidad, que nuestro entorno, sin embargo, cuando la realidad es igualada e incluso superada por la ficción, solo lleva a concluir que “la justicia en México es toda una novela”.

Estas tres obras nos dejan claras enseñanzas. Los medios de comunicación señalan culpables y la sociedad a través de sus mecanismos (redes sociales) dictan sentencia; dejar en manos del pueblo la justicia es olvidar que ya se cometió un grave error con la sentencia de Poncio Pilatos al condenar a Jesucristo y liberar a Barrabas, por determinación popular.

A partir de la sentencia de la Corte cambió la justicia mexicana y convirtió el asunto en algo de enorme trascendencia, en donde el debido proceso tomó verdadera relevancia, evidenciando la debilidad de las instituciones.

A raíz de su fallo es muy pronto para determinar si ha tenido un efecto en las practicas policiales y en el quehacer diario de los jueces.[4] Solo el tiempo nos dirá si la sentencia de Cassez fue tomada como una oportunidad histórica para cambiar las cosas.

El debido proceso sería un buen lugar para comenzar,[5] pues se ha convertido en una camisa de fuerza que es la que permitirá la confianza de que la autoridad se encuentra obligada a resolver un crimen sin violar los derechos de las personas. Lo que diferencia a un gobierno de una banda criminal es eso, el apego a la legalidad, porque en ambos (criminales y gobierno) siguen protocolos y rituales.

En ausencia de reglas claras y confiables lo único que logrará será acentuar las diferencias y las desigualdades, por eso el debido proceso constituye la certeza jurídica que abraza un ciudadano común y corriente frente al aparato gubernamental; mientras el Estado tenga limitaciones jurídicas, privilegiando los derechos humanos y fundamentales estaremos avanzando a un verdadero estado de derecho. Las novelas de ficción y documentadas aquí narradas, dejan un camino que debemos de pavimentar con buen material con verdaderos contrapesos del poder y no simulando.

Es cierto lo que nos refiere Luis Rubio: “…El Estado de derecho no es una cuestión de prisas sino de acumulación de hechos y experiencias…”, en donde el debido proceso es un buen inicio en este largo camino por recorrer y nunca olvidar que cada historia en un penal puede ser “una novela criminal” en busca de “justicia”.

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